lunes, 1 de noviembre de 2010

La música de Nine Inch Nails.

Escuchar un tema es como una aventura. Te lleva por escenarios insólitos. Consigue que tu corazón se pare por momentos, intrigado por lo que va a ocurrir. Todo se oscurece y piensas que viene, y llega entonces. Un subidón directamente sobre el pecho, de sonido que te golpea en los oídos y te despierta la mente. Sensaciones diversas según su melodía, y sus teclados te embriagan de tal forma que consigues viajar estando sentado en una silla. Viajes muy lejanos, allá donde sólo estáis la música y tú. Sin nada más alrededor. Y vuelve, la subida incesante de sonido que te golpea como un martillo y te lanza contra el asfalto de un sentimiento imposible de concebir. De concebir sin música. Porque la música nos penetra dentro y saca lo que hay más abajo, en lo más profundo, muy difícil de alcanzar. Ahí llegas, a ese puntoi exacto cuando, ya sumido en la catarsis, recibes otro choc antes de finalizar, en el que el sonido es tal que explotas en mil pedazos en el aire y tu ser se desperdiga por todo tu alrededor. Estás en todas partes y, a la vez, en ninguna. Ahí finaliza el tema y reposas el culo en el asiento.

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